06 agosto 2017

Homenaje a él

Entre surferos peruanos en Máncora o desde un balcón en Iquique; caminando una plaza de San José, o perdido por las calles de Quito. En la previa de un asado en Buenos Aires o después de un largo día de construcción en el sur de Mozambique. Siempre estuvo, siempre está. Firme, fiel compañero...

Recuerdo muy bien cómo comenzó este romance. Romance que, a diferencia de otros que he transitado, todavía a la fecha, después de casi 15 años, no ha tenido distanciamiento alguno. Considero que mi iniciación fue tardía, al menos en comparación con una encuesta inexistente jamás realizada a personas de mi entorno. Como decía, recuerdo muy bien cómo comenzó. Un amigo me invitó a darle una chance. Lo hice, y no me gustó. Algún consejero inmemorable sugirió endulzar, al menos un poco al principio; y funcionó. El tránsito hacia el amargor fue paulatino pero sostenido. Ése era el primer foco: quería que me agrade. Contemplaba cómo otros lo disfrutaban tanto, y quería saber qué se sentía. Y así pasó.

Luego vino el momento de aprender la técnica, la ciencia detrás de la cebada deseada. Este mismo amigo fue mi mentor, indicando que la yerba se echa hasta aquí, que se sacude el polvo así, y luego inclinando de esta manera. Más adelante aprendería a medir la temperatura del agua con mi palma. "Contá hasta 5, ¿no podés? Esperá". Aprendería qué segundo era el añorado por mi paladar; empezó en 9/10, bajaría a 6/7, hasta exigir un sólido 5.

De lo que sí no tengo un registro claro, es del momento en que el termo encontró su lugar bajo mi brazo, dejándose abrazar, como si de un salvavidas en altamar se tratase. Y así anda él, guardián de la axila podrían llamarlo, pero dudo que ese título le agrade.

Continuando con esta historia de amor, así transcurrieron las primeras citas. La atención a los detalles fue creciendo. La periodicidad también. Lo que antes era un encuentro casual cada tres o cuatro días, se transformó en un rato diario. Lo que antes estaba atado a un lugar o a la compañía pasó a ser una indiscutible extensión de mi cuerpo.

Y así andamos. Yendo de acá para allá. Hubo épocas de trenes abarrotados rumbo a la jornada laboral. Hubo rutas bacheadas que forzaron el desarrollo innovador de cebadas cautelosas. Y también momentos de tristeza; son dos los que tengo bien grabados en la memoria, vinculados por una causa común: el robo. El primero se llevó un porongo dedicado como pocos, tallado con una guarda patagónica, y la fecha de mi nacimiento en su base. Me abandonó -contra su voluntad- mientras descansaba en el acoplado de un camión llegando a Medellín -pueden ver la historia completa acá-. El segundo, tan querido y apreciado como el anterior, regalo de amigos cuando terminé la universidad, se fue hace poco -algo así como 5 meses- mientras me mudaba a mi nuevo hogar; un descuido hizo que quede en la vereda solo durante unos 10 minutos, tiempo suficiente para que su nuevo dueño se lo apropiase sin pedir permiso.

Es domingo, son cerca de las 11am. El primer pensamiento al separar los párpados fue "qué lindo un matecito sin apuro". Así fui por él. Sentado en el balcón, aprovechando este invierno primaveral, una cebada siguió a la otra y esta reflexión vino a mi mente. Mirando al horizonte de árboles y vecinos colgando su ropa me puse a pensar. Me puse a pensar en la cantidad incontable de momentos compartidos con el mate, y a través del mate. La de conversaciones tan profundas como banales. Los atardeceres de soles rojos zambulliéndose en el pacífico. Los amaneceres en las rutas colombianas. Las esperas de pulgar alzado en la panamericana peruana. Los reencuentros con amigos. Las charlas fraternales en sierras cordobesas. Y así podría seguir varios párrafos más.

Como para todo, el significado que le damos al mate depende quién se lo está dando. Para mi, amigo lector, lectora, el mate es un compañero en la soledad. Es un frontón que devuelve respuestas. Es un aliado en conversaciones amorosas. El mate cebado con atención es toda una demostración de afecto. El ritual se pone en marcha desde que la pava empieza a calentarse, y no termina hasta que alguien suelta el Gracias, que quizás se demore uno o dos termos en llegar.

Eso es todo.

¿Quién está para unos mates? Voy poniendo el agua... 

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