24 agosto 2015

Por qué NO viajar a Dedo por Colombia

Más de 500km transitados en Colombia. Colombia, tierra estigmatizada por la guerrilla, drogas y otros peligros que los medios no pierden tiempo en exponer cada vez que pueden. Hasta acá llegué bien a dedo. Miro mi pulgar. Me mira. Sabe que le toca trabajar. Sabe que lo necesito para seguir avanzando. Pero no quiere. No quiere arriesgarse más. Teme. ¿Qué hago? Tomo un bus y lo dejo tranquilo, o sigo yendo contra las advertencias recibidas. Lo lamento amigo, seguimos a dedo.

Si las consecuencias del primer tramo fueron una sorpresa -expuestas en la primera parte de este relato-, definitivamente, lo que vendrá me dejará una lección de por qué no viajar a dedo por Colombia.



Son las 7am en el Lago Calima. El sol naciente me saca de la carpa con su luz y calor. La ruta llama de nuevo. Armo la mochila, desarmo la carpa, la pongo en la mochila. Busco lo que me queda de fruta y verduras, para desayunar algo y para dejar preparado un potencial almuerzo, mientras espero a que se despierten Mauricio y Rocío, que me dieron lugar todos estos días. Una vez que los cruzo, un abrazo, y me voy hacia la ruta. "Le conviene ir en bus hasta el pueblo, porque hoy no hay movimiento por aquí". Dale, gracias; este tipo de palabras de aliento sí que no faltan en este viaje.

Parado en la puerta del camping, busco una sombrita porque, a pesar de la hora, el sol se hace sentir. No pasan cinco minutos que frena una moto. "A dónde?" Al pueblo le digo. "Pues suba". Seguro? La veo difícil, mejor siga, muchas gracias. ¿Por qué reaccioné así? Se trataba de una moto cuyo conductor tenía una bolsa de ropa en el frente, y una gran mochila cuadrada y pesada, como si tuviera un televisor 20 pulgadas de los viejos; y yo, con mi mochilita de no menos de 15kg. "Sí cabe, vamos, suba". Y bueh, si insistís. Subo. Me abrocho la mochila, la cual queda colgando, y no apoyada en la moto como sería más conveniente. Me agarro de su mochila, no hay espacio para más. Con esfuerzo, arranca. Y va, dale que va.

"Jefferson es mi nombre,misionero. Usted argentino, verdad?" Jefferson está llegando a los 30 años. Es un proyecto de pastor evangelista. Predica, lleva las palabras del evangelio a distintas zonas. Claro que ni en la moto descansa. En pocos minutos despliega todas sus dogmas. Me pregunta qué hago por aquí, cuáles son mis creencias. Me cuenta sobre el vaticano como encarnación del demonio y otras cosas más. Todo lo escucho con poco menos del 50% de atención; no por desinterés, sino porque mi concentración está puesta en no caerme! Mi mochila pesa y está colgada, por lo cual tengo que hacer mucha fuerza con las piernas y brazos para no irme de lado. Al llegar al pueblo, le digo si me puede acercar a la salida, que voy hacia el eje cafetero. "Ah, si me espera lo llevo al pueblo siguiente, voy hacia allá". Ui, no sé si aguanto le digo, creo que sería más conveniente buscar un auto. Pero vuelvo sin bolsos me dice, esto lo dejo por aquí, me dice. Ah, dale, entonces sí.

Volvemos del corte comercial y seguimos con Predicando sobre Ruedas. Jefferson me cuenta los mandamientos y cómo éstos fueron desvirtuados por la iglesia católica. Me cuenta que el demonio va a venir disfrazado de Jesús, y muchos van a caer. Que por eso estudia, por eso estudia la biblia, para estar preparado. Luego de algunos kilómetros más de predica, cierra su casco y mete 4ta. Al rato llegamos a Buga. Me deja en una intersección que sugiere es el mejor punto. "Usted con su filosofía de viaje, y con el viaje mismo, sería un gran instrumento para llevar la palabra", me aprieta la mano con mirada penetrante, y nos despedimos. 

La verdad que el punto donde me encuentro no es tan bueno, ya que es una autopista. Los autos y camiones pasan a gran velocidad en dos y tres carriles, pero como se ve que sigue así por largos kilómetros decido quedarme. Estoy entre dos estaciones de gasolina, confiado. Confiado porque Colombia viene rompiendo mis records personales de espera. Las últimas dos fueron en menos de cinco minutos. Ah, ¿estás confiado? Tomá. Pasa media hora y nada. Se me acercan dos hombres intrigados mi procedencia, con una botellita en la mano. "Para usted. Cómo así por aquí?" Me regalan una gaseosa y charlamos. En eso para un camión y los despido! Oooooooooosoooooo; había parado para inflar las ruedas. Pasa la hora de espera y frena una moto: era uno de los dos anteriores, ofreciéndome arrimarme al pueblo siguiente. Por poco que sea, avanzar siempre es lindo y motivante. Vamos!

Me deja en la entrada de Presidente. "A 2km tiene un peaje, ahí le puede ir bien". Gracias! Buena idea! Me pongo a caminar. Uuff, sí que pesa la mochilita, se hace sentir. Llego al peaje, lo cruzo y ahí quedo. Sin sombra, me paro nuevamente. Y otra hora, o algo más, pasa en este punto. Y en eso para un juez -llamémoslo juez porque no recuerdo su nombre- con su pareja. "Buenos Aires? Aii, me encanta Buenos Aires. Su gente! Su cultura! Qué lindos son los argentinos!" El Don Juez, con su Don pareja, me cuentan la diversidad de ofertas gay en Buenos Aires. Me cuentan sobre algunos sitios donde los muchachos se dan amor al aire libre, me cuenta sobre discotecas  que son de las mejores que ha visto; y así. Mucha onda los muchachos, me dejan en un parador y hasta luego, buen viaje y gracias! 

Si bien tengo un proyecto de ensalada en mi tupper, el sol me tiene algo cansado, y estoy para algo más potente que me dure en las horas que quedan. Avisto un comedor. Frijoles y arroz. Agua panela. Pilas reloaded y vuelvo al asfalto. Esta parte sí que se me hace más larga. No miré mucho el reloj, pero la espera anduvo entre la hora y media y dos horas. No suelo acercarme a los camiones frenados -estaba cerca de una estación-, pero decidí cambiar de estrategia. "Hola, ¿será que me puede acercar al siguiente pueblo?" No entiendo la respuesta, pero sí que dice algo como de que ahora regresa. Se va caminando y regresa. "Y? me puede llevar?" Me dice que va hacia Medellín. Perfecto, con cualquiera de los pueblos de camino me viene bien.


El viaje con este muchacho -llamemoslo muchacho, no porque no recuerde el nombre, sino porque no lo entendí!- es para destacar. Por lo recorrido? No. Por su buena onda? No. sdonde creo que cada uno decía lo que le parecía sin conexión con lo que decía el otro. Algo inquietante. Al poco tiempo de arrancar sale de la ruta. "Tengo que cargar". Se mete en un depósito. Tenemos para mucho? me pregunto y le pregunto. Y, puede que unas cinco horas, me dice. Naaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa. Ya eran como las 16hs. Creo que mejor me voy a la ruta le digo. "Puede ir a hablar con ese hombre, pero el va para Bogotá, es otra ruta". A mi me da igual, será que hay que ir para otro lado. Hablo con Alberto -chofer del otro camión-. Primero reacciona con un no, por el seguro y otras restricciones., .Al rato aparece y me dice que suba. Y salimoooooooooooooo.

Alberto trabaja hace más de 20 años con la mula -así llaman a los camiones por aquí-. Me cuenta algo de geografía, algo de historia. Que ve muchos argentinos, muchos viajeros. Que los controles por aquí son bien intensos. Que la policía te puede tener horas, horas, porque desarman todo. En fin, interesante conversación atravesando varios temas. Además de la charla, el viaje es un regalo para los ojos. El paisaje es espectacular, como todo lo visto en Colombia hasta el momento. Camino sinuosos entre monte y sierra, bananos y cafè. verde y más verde. Por mi, que siga rodando y no lleguemos. Son pocas las cosas que disfruto tanto, en la ruta, como transitarla en la cabina de un camión.

"Si va para Armenia lo puedo dejar en la salida de la ciudad, y de ahí puede continuar". Alberto me da todas las indicaciones, con bastante precisión, ya que él se ha criado por aquí. Alberto me deja en una estación de servicio. Busco un teléfono para llamar a un contacto de CouchSurfing que me había invitado a pasar por su casa cuando esté por la ciudad. Aclaro que un teléfono no es un teléfono público, sino "minutos": personas o locales ofrecen celulares para hacer llamados, y te cobran por minutos. Encuentro un lugar, y llamo a Adolfo, mi contacto. "No estoy en la ciudad, pero mañana sí te puedo recibir". ¿Y ahora? El sol ya está cayendo. Me siento en el mismo punto donde me puse a llamar. Me pongo a hablar con Ana, quien me facilitó el teléfono. Y charlamos, y charlamos más, no sé bien de qué. Que por aquí es muy tranquilo, que se puede dormir y tirar la carpa.

Llega Olga, hermana de Ana. Ana se va. Quedo charlando con Olga, nos contamos nuestras vidas. Olga trabaja en el puesto de control en el cual estamos sentados. Se encarga de informar la llegada y partida de los camiones, de autorizar o no su salida, y así. Toda la noche, y todo el día. Turnos de 24hs. Me invita un tinto con pancito. Me cuenta cómo se fue de su casa siendo una niña. De su hija, que la tuvo a los 13 años. Me cuenta cómo cada vez que le habla le habla como madre, como amiga, y como mujer. Me cuenta sus ganas de viajar, pero que hoy no puede; que tan pronto la niña llegue a los 18 se raja. Con la noche en hombros y la cara llena de tierra por el largo día, armo mi carpa a un lado del puesto y me acuesto. Poco inteligente de mi parte, porque gente va y viene todo el día, así que me despierto cada media hora.

En la mañana Olga me invita otro tinto y luego, ya despabilados, un abanico de planes. "Si el chico lo va a recibir a la noche, entonces me puede acompañar al pueblo a hacer unas cosas y así conoce. A la noche lo puedo llevar hasta la casa del man". Olga se va, dejando a su reemplazo: Johan, su cuñado de 21 años, que trabaja mientras estudia. Vemos el partido, partidazo del Barza contra Sevilla -5 a 4-. Johan es fanático del fútbol. Me habla de Abreu, y lo imita con el mate. ¿Lo ha probado? le pregunto. El mate. "Usted tiene mate?!" exclama. Pues claro. Lo preparo y ahí nomás se le dibuja la sonrisa. Esa sonrisa dibujada por conocer el sabor de algo tan extraño y lejano, tantas veces visto en manos de sus ídolos.

Al rato vuelve Olga y salimos de gira, en su moto. "Lo voy a llevar a conocer Calarcá -pueblo contiguo- y lo voy a invitar a almorzar" Bueno pero no se enoje. Y así andamos por ahí. Almuerzo contundente, con entrada y seco -plato principal-, arepas y agua panela. Charla intensa sobre la vida  las oportunidades, sobre sueños y realidades. Volvemos.

Nuevo llamado con Adolfo, y me dice que llegará tarde. Finalmente salgo a su encuentro. Adolfo! Hola! A diferencia de las anteriores experiencias de CouchSurfing, acá llegué por invitación. Aclaración: en Couch uno puede enviar solicitud o puede recibirla -claro, sí-. Lo que hice fue publicar que iba a andar por Armenia. Él vio esto y me invitó. Le pedí el número porque no sabía cuando andaría por aquí -efectivamente caí una semana después de lo publicado-; y así nos encontramos. Ya en su casa lo primero que hago es ducharme. Me ducho dos días de puro sol y tierra. Dos días de ruta y estación de servicio. Uf, qué reconfortante. Duchado, Adolfo me muestra el sillón donde puedo descansar. Comodísimo, mejor imposible, sobretodo después de una noche de (no) dormir en el puesto de control. "Por la mañana tengo que trabajar, pero a la tarde podemos ir a pasear" propone Adolfo y nos despedimos hasta el día siguiente.

"Desayuno?" Abro los ojos y el man -tanto acá como en Ecuador así se refieren a las otras personas, "el man, la man"- ya estaba en su computadora, y me había dejado un platito con arroz y huevos pericos -huevo frito con tomate y cebolla- y chocolatada. Maestro. Por la tarde salimos de caminata. Tomamos un bus al centro. Visitamos a su hermana en su salón de belleza. "Aquí les traigo un argentino", me expone, me sonrojo. Visitamos otros amigos. Damos vueltas.
Algo a destacar: en la plaza me presenta un señor amigo suyo que conserva un rubro que creía perdido: el fotógrafo de vía pública. Este señor, con su cámara digital y una impresora portátil, ofrece la instagram verdadera y el recuerdo de bolsillo. Qué selfie ni que ocho cuarto'.

Por la noche vamos a casa de sus padres, que nos invitaron a comer. Su hermana, extrañada por mi nombre y mi periplo, lanza una pregunta tras otra, lo cual nos hace reir a todos, por su asombro. Desde que pisé Ecuador que mi nombre ya no es algo común -en Perú zafaba por algún que otro famoso que lo llevaba-, y más bien invita a un chiste (al parecer inevitable): "Gastón? así que usted es Gastón? gasta mucho Gastón?" Pasada la velada en esta cálida vivienda familiar, frenamos a tomarnos una cervecita en el camino y después si ya a dormir.

Siguen los días en casa de Adolfo y la ecuación se repite: ricos desayunos compartidos, él trabajando, yo salgo a dar alguna vuelta y así.


Me subo al delorian de Marty McFly y me veo ahí, meditando si ir a dedo o no. Dudo. Que muchos riesgos. Que estás en Colombia, cómo vas a hacer dedo acá. Vuelvo al futuro, va, al presente, y cada vez tengo más fundamentos para quien me pregunte por qué no viajar a dedo por Colombia. Estimado lector, yo le diría que no viaje a dedo por Colombia si no quiere ver cómo un hombre lo invita a subirse ahí donde no cabe un alfiler; si no quiere ver cómo alguien se desvía de su trayecto solo por dejarlo a usted en un punto mejor; si no quiere intercambiar miradas y sonrisas con alguien que conoció hace minutos. Amigo, no viaje a dedo si no quiere que alguien le ofrezca un refresco en el camino, porque lo ve cansado, y de paso le ofrezca un aventón de solo un par de kilómetros. Estimado, no viaje a dedo si no quiere que un camionero le cuente lo lindo de su tierra, lo rico de sus cultivos, lo bondadoso de su gente. No viaje a dedo si no quiere conocer personas que le ofrecen hasta lo que no tienen para hacerlo sentir cómodo y calidamente recibido ahí donde no lo esperaban.

¿Cuál será la madre de los motivos para no viajar a dedo por Colombia? Si tuviera que apostar, le diría que no viaje a dedo si no quiere conocer la hospitalidad colombiana en su máxima expresión.

Dejo estas palabras como simple reconocimiento y agradecimiento a todas y cada una de las personas que me cruzo y (confío) seguiré cruzando en el camino.


5 comentarios:

  1. Excelente Gas!! La disfruté muchísimo!! Beso enorme

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  2. Amigo, vos atraes todo eso!!! Gracias por permitirnos viajar con vos a través de tus historias. Abrazo fuerte y largo man jaja.

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  3. Que chimba gato! Que siga aprendiendo mucho, y escribiendo mucho!

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  4. Vamo cabezon!!!! Te leo siempreee

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  5. Que grato aparecer en tus relatos, gracias por ayudar a cambiar el estigma del Colombiano, yo hago lo propio con la Argentina, tierra que por ahora sueño conocer, disfruta Haiti.

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