24 octubre 2016

Pasiones que no entienden de viajes

Viajando se vive. Viajando se crece. Viajando también, a veces, se extraña. Se extraña de todo. Algunas cosas se reemplazan, otras se olvidan. Otras, se mantienen intactas. Como las pasiones. Ésas, difícilmente se erosionen. Claro, son pasiones. Algunas de éstas encuentran un nuevo espacio para brillar. Otras no. Otras están enraizadas, amarradas a su puerto, a su origen. Hay pasiones que no entienden de viajes. Como el fútbol con amigos...



Es lunes. Abro los ojos con la luz que se cuela por las rendijas de la persiana. Quiero levantarme, pero algo pasa. El cuerpo no responde. Vamos, le digo, me digo, arriba. Qué pasa. Finalmente, da señales de vida. Finalmente, entro en razón: me duele todo.

De los pies a la espalda, sin interrupción. Lo que más me duele también más se ve: la uña del dedo gordo, en matices que van de negro a morado. Cada pequeño roce o vibración se siente hasta los hombros. Es el legado de un día entregado a la fuerza colectiva de un equipo. A un engranaje imperfecto de corazones latiendo al mismo compás, marcado por el rodar de la pelota, codiciada y compartida por dos bandos con un mismo objetivo.

Levanto el dedo y siento el cuero de los botines, acolchonado por las medias color sangre, que ocultan las magulladuras, señales de debilidad ante el adversario amenazante. Los hombros se sienten contraídos, como si fuera uno con el cuello, contracturados, producto del choque incesante y agotador ante defensores de misión encarnada. Las piernas dan su parte, negociando cada paso y cada movimiento, obstinadas, pasando factura por las pelotas corridas, reclamando su derecho al reposo. Y la mente no está exenta. De un hemisferio a otro saltan los momentos, repasando recuerdos del pase que no llegó, de esa pelota que no entró. Memorias que llegan en forma de sabores, como el del pasto masticado luego del cabezazo que dejó la redonda en los pies del volante, listo para convertirla en grito sagrado.

El crepúsculo, risas y bronca. Paz por el logro alcanzado. Paz en la mirada de quienes dejaron hasta lo que no tenían. Orgullo por los colores compartidos. Por ese nombre sin escudo, que no está grabado en camiseta alguna, más que en el pecho de quienes lo sienten y le dan vida cada sábado.


Qué lindo es el fútbol. Y más cuando se comparte con amigos.



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Un año y medio estuve lejos de este poderoso grupo humano. A la distancia los seguí, en los bajones y las victorias. Una de las grandes alegrías de volver tiene nombre, se llama Querro, y juega los sábados.

Querro, Agosto 2016

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